sábado 12 de enero de 2008

Ese hombre

“…sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito del alma.”
Emile Zola

Con movimientos lentos prepara su pequeño disfraz, una mínima metamorfosis. Ahora es un jubilado desgarbado que intenta pasar desapercibido. Tiene un pulóver gastado y una camisa marrón, y adorna su cabeza con un sombrero de paja, parecido al de un granjero. Adoptó otro nombre, un documento prolijamente trabajado lo registra con la misma identidad que usó para la investigación de una masacre dos décadas antes.
“…me llamaré Francisco Freyre, tendré una cedula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, llevaré conmigo un revolver y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente”.
Cada vez que asoma su mirada hacia el espejo descubre un rostro gastado, abatido. Los últimos meses fueron los más tristes de su vida. En el rincón del baño, recuerda algo que había escrito tiempo atrás: "Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año".

Esta viviendo en San Vicente, un pueblo tranquilo, de campo. No eligió mudarse desde su casita junto al rio Carapachay hasta allí: un mes antes le dieron vuelta todo su lugar en el Tigre y tuvo que cambiar de morada. Rápidamente entendió que se venía el peor momento en la historia de la Argentina. En la primavera del año anterior vivió esa lucidez profética transformada en pesadilla; su hija Vicky murió en un enfrentamiento, se disparó antes que la capturaran.

“…recuerdo esa ultima frase de ella, en realidad no me deja dormir –Ustedes no me matan dijo en voz alta pero muy tranquila- nosotros elegimos morir”

El verano de 1977 fue dolorosamente intenso para él, extrañaba a su hija, también a su amigo poeta.

“Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: -Disparen ustedes. Luego agregó - Me tomé la pastilla y ya me siento mal”.

Llega la mudanza; la casa de San Vicente le da algo de tranquilidad, tiene mucho verde y un cielo para respirar un aire menos contaminado. Es un lugar sencillo, con un jardín que él y Lilia, su compañera, cuidan con esmero. Allí habitan limoneros, plantas de lechuga, tomates y algunas hortalizas. También tienen una improvisada parrilla que están limpiando para recibir en una semana a su hija Patricia y a sus dos pequeños nietos.
Su práctica diaria es sencilla: un vaso de un buen whisky en el escritorio y la Olympia portátil para abstraerse definitivamente en el trabajo. De esta forma corrige sus últimos cuentos y comienza a desarrollar lo que serán las memorias sobre su relación con la política y la literatura. A la medianoche, cuando finaliza la tarea, disfruta de las estrellas junto a Lilia. Con dedicación, apoya su mano junto al hombro y le enseña las constelaciones con todos los detalles. Ambos se ayudan, son los compañeros fieles que se juntan para resistir el desaliento y la muerte.
Con mucha paciencia corrige sus escritos, con dosis de insistencia bien planeadas, sin olvidar, además, su labor en la agencia clandestina y las reuniones de militancia, la misma que le había robado ese preciado tiempo de literatura que ahora tanto añora. Aquel verano volvió también al trabajo de investigación, ahora con un manifiesto sobre la resistencia a la feroz dictadura, una carta abierta que denuncia el terror y aliviaba su abatimiento. Había elegido distribuirla cuando se cumpliera el aniversario del golpe.

“…sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles."


Toma su portafolio gris y llama a Lilia, le avisa que se apure por que van a perder el tren a Constitución. Hace calor, en los andenes la temperatura parece elevarse aún más. Cuando llegan, le da un beso para despedirla. Su compañera le encomienda que no olvide de regar a la noche el almácigo de lechuga que habían plantado. Sonrien. Se abrazan y se desean suerte. Cada uno sigue su camino, los dos tienen cinco cartas para repartir. El quiere entregar una en forma personal, a una compañera de militancia. Las demás serán depositadas en tres o cuatro buzones de la zona.
Había pasado ya la una del mediodía y ahora es Francisco Freyre quien cruza la calle Brasil. Llega a la esquina de San Juan y Sarandí, lo espera una mujer alta con anteojos que tenía un diario bajo el brazo. No se saludan, Freyre entrega una carpeta sin detener su marcha por la avenida. Su idea es tener otra entrevista a las tres de la tarde. Todavía le falta una hora para el próximo encuentro.
En la búsqueda de un teléfono público marcha hacia la esquina y escucha el ruido imponente de los frenos de un auto. Lo estuvieron observando un largo rato y en un principio no lo habían reconocido. Del coche salen tres personas que empiezan a correr para detenerlo. Freyre no duda. Todos los perseguidos saben que en algún momento estarán en esta situación, tener bien de cerca a esa muerte que tanto presagiaban. Las imágenes comienzan a sucederse velozmente: el angelical rostro de Vicky que reía sin parar mientras gatillaba una metralladora antes de morir, la naturalidad de Paco cuando cambió sus poemas por la pastilla de cianuro, todos los caidos en la lucha popular. Ese caudal de representaciones se detiene un instante. Freyre manotea su pequeña pistola, la misma que siempre guardaba en el pantalón y que Lilia le regaló algunos años antes para su seguridad. Intenta correr por entre los coches estacionados y dispara dos veces hiriendo a uno de sus perseguidores. El momento de recuerdos lo hizo inmune fugazmente. Aquellas figuras del drama volvieron obsesivas, perturbadoras. Ahora el descampado de José León Suarez es una calle céntrica repleta de ruidos y aquellos fusilados se transformaban en una sola persona.
La respuesta enemiga no tarda. Un grupo de la Marina lo encierra con un torbellino de disparos. El cuerpo desaparece de la escena con una rapidez asombrosa. Ningún testigo reconoce a Freyre ni a Rodolfo. Apenas un sobreviviente llegó a ver, tiempo después, el cuerpo en una camilla en la ESMA. Estaba irreconocible. Un sombrero, parecido al de un granjero, quedó en el piso algunos minutos. Nunca se supo de él.

domingo 14 de octubre de 2007

El suicidado de la sociedad - A. Artaud

¿Que se entiende por autentico alienado? Es un hombre que prefiere volverse loco -en el sentido social de la palabra- antes que traicionar una idea superior del honor humano
Antonin Artaud

martes 9 de octubre de 2007

Formas del amor

I

Escribo a empujones, a martillazos.

Me preguntás como angustiada porque tus orgasmos son quietos, silenciados, con suspiros de compromiso. No estoy en la piel ni el cuerpo de una mujer para comprobar si el placer tiene volumen, en cambio propongo un brindis con el deseo de no buscar motivos, y vos, así como endiablada, volvés a repetir que no tomás vino; no hay noche romántica sin el brebaje dionisíaco y me contestás con la sonrisa autómata, la misma que tenés preparada ante cada ocasión, el dilema de tu orgullo maquiavélico. La primera función del cine luego del almuerzo trae sueño, mas si la película es iraquí; tenía que ser así, asegurás, una película a tu estilo snob tan previsible, tan … El tedio de cientotreinta minutos de silencio se soluciona con sexo o un kilo de helado y la respuesta parece obvia pero se impone el pote de crema y chocolate amargo de manera déspota. Recordamos por trigésima vez el casamiento en lasvegas, reímos, un presidiario vestido de cura, transpirado como elvis, nos toma de las manos, intercambiamos anillos sabor frambuesa y bronce; hastiados de porro y cocacola vagamos un sinsentido de caprichos.

Ásperos, caen mis dedos como pétalos de cemento

Reís, me gusta tu risa, quiero leerte algo parecido a un poema; otra vez el fastidio del sol se incrusta en mi cien, segundos que pasan desde que cerrás los ojos y mi lectura se pierde en la hierba con fragancia a esperma. Ya no escuchás, seguro estás acariciando algún sueño mitológico de serpiente y magia negra. Te levantas y veo el brillo expuesto en tu peloafro, en esa sonrisa sobria. Tu cuerpo se mueve, bailás samba perfectamente carioca. Insisto en la risa, me persigue todo el tiempo, es caprichosa.

No puedo jugar más con las palabras, lastiman, chocan.


II


Te di mis soles, mi sueño, mis pesadillas, mi aliento, mi indolencia, mi luna. No resulta suficiente, vale más un disparo certero al pulmón izquierdo, cerca del corazón.


Mi cabeza gira en un sinfín de giros cósmicos. La cama sigue quieta; ahí donde la dejaste, junto a la camisa, oliendo a fragmento de disparo de arma de fuego. Me protejo del ardor, del incendio de tu malhumor balsámico. Viaje hacia el parque, toda la gente nos mira extraña como si seríamos conejos desnudos, pintados de azul. El sol nos protege con un tirante fugaz, nos une. Decís que nada es eterno, que es inútil permanecer mucho tiempo con el aliento molestando al otro aliento. La gente deja de mirarnos, vuelven a sus triviales hazañas de familia, mate, juegos. Rechazás mi beso anfibio. Así, el presagio de destinos inciertos se cumple, cada uno por su lado, enfilados hacia a un autopista a ningún lugar. Enloquecido corro, eufórico, me quedo sin aire y sin estrellas

Los ojos continúan exhaustos, parecen cristalinos, quizás sean lágrimas.


El atardecer en el parque se transforman en pequeños blowups. Siluetas que se difuman entre el verde suburbano. Quién será el asesino y quién la victima, me pregunto distanciándome del lugar. Sofocación. El aire es malsano. Me perseguís con la estaca en tu mano, brotada de sangría elegante. El flash no brotó de la vieja cámara; un sueño del que despierto entre tus piernas transpiradas. Estabas lúcida, como inyectada en un torrente de desconcierto. Sonreís, insisto con tu risa.



Retorno en vano al exasperante mundo del manuscrito, los dedos vuelven a quebrarse.

viernes 7 de septiembre de 2007

Más cristos que cruces, más cruces que fe, mas fe que justicia, justicia ¿de quién? ¿cuál justicia?

miércoles 15 de agosto de 2007

Intentos de versos

halopidol en tus versos
que salen ajenos
distorsionados
con la pasión
de una lengua carnívora
alojada en el fango

la esperanza
es una invención moral
afirmás y sonreís
perversa
es apenas tu dialéctica
un intento
de balbuceo

sábado 11 de agosto de 2007

Sin palabras

Metafísica de las palabra, huída de las cobardes letras que partieron al infinito

Muchos académicos pondrán manos a la obra; primero, pelearán con sus egos y luego tomarán los rastrillos y hojas amarillentas a buscar en vano materia prima para sus urgidas tesis.
Enloquecerán los poetas en los bares de mala muerte; apenas esbozarán recuerdos orales para las últimas prostitutas del lugar, dormitarán con el aliento rancio y, antes de caer en la inconciencia, maldecirán la ausencia infinita de las letras. Los filósofos, en cambio, se reunirán con físicos de todo el mundo para unificar sus hipótesis irrelevantes. No se pondrán de acuerdo, pero ambos conseguirán buenos empleos como funcionarios administrativos.
Los maestros de literatura tendrán que validar las enseñanzas previas para traducir el lenguaje de los números; las novedades serán álgebras inútiles, funciones trigonométricas y tablas logarítmicas. Los chicos, en los recreos, saltarán de alegría y quemarán fogatas de páginas apenas coloreadas con dibujos de dulcineas y quijotes.

Metafísica de letras que no creen en la reencarnación del abcdario.

El viejo de cabello gris se jubilará ahora, no tendrá que esperar el cierre del diario; la página del crucigrama pasará a manos de un pintor fracasado que solo garabateará caricaturas imperfectas. Los diarios expondrán solo dibujos, tal vez inventarán nuevos símbolos para que la gente pueda seguir comprando sus engaños.
Los gobiernos, atormentados por el abandono de las palabras, no podrán firmar decretos de urgencia y necesidad; los actos políticos continuarán con declaraciones cada vez mas ilusorias y efusivas.

Metafísica de las palabras que piensan en volver a la realidad. Creen que todavía no es el momento preciso.

Los lingüistas cambiarán de profesión, tomarán un machete e irán al campo a trabajar por la tierra atormentada.

sábado 2 de junio de 2007

Bocas


Aquella noche buscaba esos labios,
boca que anida mi tenaz lengua
repleta de tiza, almíbar, seda
y la desventura del deseo

Contorno de carne, aliento recóndito
que juega con mi cuerpo,
lo recorre como a un camino pantanoso
y proyectan el paso del tiempo.

Indecisa distancia entre dos bocas
que es agua obscena y sal,
y una sutil incógnita:
gozar el labio virgen,
la palabra exacta,
la armónica caricia