Ese hombre
“…sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito del alma.”
Emile Zola
Con movimientos lentos prepara su pequeño disfraz, una mínima metamorfosis. Ahora es un jubilado desgarbado que intenta pasar desapercibido. Tiene un pulóver gastado y una camisa marrón, y adorna su cabeza con un sombrero de paja, parecido al de un granjero. Adoptó otro nombre, un documento prolijamente trabajado lo registra con la misma identidad que usó para la investigación de una masacre dos décadas antes.
“…me llamaré Francisco Freyre, tendré una cedula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, llevaré conmigo un revolver y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente”.
Cada vez que asoma su mirada hacia el espejo descubre un rostro gastado, abatido. Los últimos meses fueron los más tristes de su vida. En el rincón del baño, recuerda algo que había escrito tiempo atrás: "Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año".
Esta viviendo en San Vicente, un pueblo tranquilo, de campo. No eligió mudarse desde su casita junto al rio Carapachay hasta allí: un mes antes le dieron vuelta todo su lugar en el Tigre y tuvo que cambiar de morada. Rápidamente entendió que se venía el peor momento en la historia de la Argentina. En la primavera del año anterior vivió esa lucidez profética transformada en pesadilla; su hija Vicky murió en un enfrentamiento, se disparó antes que la capturaran.
“…recuerdo esa ultima frase de ella, en realidad no me deja dormir –Ustedes no me matan dijo en voz alta pero muy tranquila- nosotros elegimos morir”
El verano de 1977 fue dolorosamente intenso para él, extrañaba a su hija, también a su amigo poeta.
“Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: -Disparen ustedes. Luego agregó - Me tomé la pastilla y ya me siento mal”.
Llega la mudanza; la casa de San Vicente le da algo de tranquilidad, tiene mucho verde y un cielo para respirar un aire menos contaminado. Es un lugar sencillo, con un jardín que él y Lilia, su compañera, cuidan con esmero. Allí habitan limoneros, plantas de lechuga, tomates y algunas hortalizas. También tienen una improvisada parrilla que están limpiando para recibir en una semana a su hija Patricia y a sus dos pequeños nietos.
Su práctica diaria es sencilla: un vaso de un buen whisky en el escritorio y la Olympia portátil para abstraerse definitivamente en el trabajo. De esta forma corrige sus últimos cuentos y comienza a desarrollar lo que serán las memorias sobre su relación con la política y la literatura. A la medianoche, cuando finaliza la tarea, disfruta de las estrellas junto a Lilia. Con dedicación, apoya su mano junto al hombro y le enseña las constelaciones con todos los detalles. Ambos se ayudan, son los compañeros fieles que se juntan para resistir el desaliento y la muerte.
Con mucha paciencia corrige sus escritos, con dosis de insistencia bien planeadas, sin olvidar, además, su labor en la agencia clandestina y las reuniones de militancia, la misma que le había robado ese preciado tiempo de literatura que ahora tanto añora. Aquel verano volvió también al trabajo de investigación, ahora con un manifiesto sobre la resistencia a la feroz dictadura, una carta abierta que denuncia el terror y aliviaba su abatimiento. Había elegido distribuirla cuando se cumpliera el aniversario del golpe.
“…sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles."
Toma su portafolio gris y llama a Lilia, le avisa que se apure por que van a perder el tren a Constitución. Hace calor, en los andenes la temperatura parece elevarse aún más. Cuando llegan, le da un beso para despedirla. Su compañera le encomienda que no olvide de regar a la noche el almácigo de lechuga que habían plantado. Sonrien. Se abrazan y se desean suerte. Cada uno sigue su camino, los dos tienen cinco cartas para repartir. El quiere entregar una en forma personal, a una compañera de militancia. Las demás serán depositadas en tres o cuatro buzones de la zona.
Había pasado ya la una del mediodía y ahora es Francisco Freyre quien cruza la calle Brasil. Llega a la esquina de San Juan y Sarandí, lo espera una mujer alta con anteojos que tenía un diario bajo el brazo. No se saludan, Freyre entrega una carpeta sin detener su marcha por la avenida. Su idea es tener otra entrevista a las tres de la tarde. Todavía le falta una hora para el próximo encuentro.
En la búsqueda de un teléfono público marcha hacia la esquina y escucha el ruido imponente de los frenos de un auto. Lo estuvieron observando un largo rato y en un principio no lo habían reconocido. Del coche salen tres personas que empiezan a correr para detenerlo. Freyre no duda. Todos los perseguidos saben que en algún momento estarán en esta situación, tener bien de cerca a esa muerte que tanto presagiaban. Las imágenes comienzan a sucederse velozmente: el angelical rostro de Vicky que reía sin parar mientras gatillaba una metralladora antes de morir, la naturalidad de Paco cuando cambió sus poemas por la pastilla de cianuro, todos los caidos en la lucha popular. Ese caudal de representaciones se detiene un instante. Freyre manotea su pequeña pistola, la misma que siempre guardaba en el pantalón y que Lilia le regaló algunos años antes para su seguridad. Intenta correr por entre los coches estacionados y dispara dos veces hiriendo a uno de sus perseguidores. El momento de recuerdos lo hizo inmune fugazmente. Aquellas figuras del drama volvieron obsesivas, perturbadoras. Ahora el descampado de José León Suarez es una calle céntrica repleta de ruidos y aquellos fusilados se transformaban en una sola persona.
La respuesta enemiga no tarda. Un grupo de la Marina lo encierra con un torbellino de disparos. El cuerpo desaparece de la escena con una rapidez asombrosa. Ningún testigo reconoce a Freyre ni a Rodolfo. Apenas un sobreviviente llegó a ver, tiempo después, el cuerpo en una camilla en la ESMA. Estaba irreconocible. Un sombrero, parecido al de un granjero, quedó en el piso algunos minutos. Nunca se supo de él.
“…sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito del alma.”
Emile Zola
Con movimientos lentos prepara su pequeño disfraz, una mínima metamorfosis. Ahora es un jubilado desgarbado que intenta pasar desapercibido. Tiene un pulóver gastado y una camisa marrón, y adorna su cabeza con un sombrero de paja, parecido al de un granjero. Adoptó otro nombre, un documento prolijamente trabajado lo registra con la misma identidad que usó para la investigación de una masacre dos décadas antes.
“…me llamaré Francisco Freyre, tendré una cedula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, llevaré conmigo un revolver y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente”.
Cada vez que asoma su mirada hacia el espejo descubre un rostro gastado, abatido. Los últimos meses fueron los más tristes de su vida. En el rincón del baño, recuerda algo que había escrito tiempo atrás: "Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año".
Esta viviendo en San Vicente, un pueblo tranquilo, de campo. No eligió mudarse desde su casita junto al rio Carapachay hasta allí: un mes antes le dieron vuelta todo su lugar en el Tigre y tuvo que cambiar de morada. Rápidamente entendió que se venía el peor momento en la historia de la Argentina. En la primavera del año anterior vivió esa lucidez profética transformada en pesadilla; su hija Vicky murió en un enfrentamiento, se disparó antes que la capturaran.
“…recuerdo esa ultima frase de ella, en realidad no me deja dormir –Ustedes no me matan dijo en voz alta pero muy tranquila- nosotros elegimos morir”
El verano de 1977 fue dolorosamente intenso para él, extrañaba a su hija, también a su amigo poeta.
“Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: -Disparen ustedes. Luego agregó - Me tomé la pastilla y ya me siento mal”.
Llega la mudanza; la casa de San Vicente le da algo de tranquilidad, tiene mucho verde y un cielo para respirar un aire menos contaminado. Es un lugar sencillo, con un jardín que él y Lilia, su compañera, cuidan con esmero. Allí habitan limoneros, plantas de lechuga, tomates y algunas hortalizas. También tienen una improvisada parrilla que están limpiando para recibir en una semana a su hija Patricia y a sus dos pequeños nietos.
Su práctica diaria es sencilla: un vaso de un buen whisky en el escritorio y la Olympia portátil para abstraerse definitivamente en el trabajo. De esta forma corrige sus últimos cuentos y comienza a desarrollar lo que serán las memorias sobre su relación con la política y la literatura. A la medianoche, cuando finaliza la tarea, disfruta de las estrellas junto a Lilia. Con dedicación, apoya su mano junto al hombro y le enseña las constelaciones con todos los detalles. Ambos se ayudan, son los compañeros fieles que se juntan para resistir el desaliento y la muerte.
Con mucha paciencia corrige sus escritos, con dosis de insistencia bien planeadas, sin olvidar, además, su labor en la agencia clandestina y las reuniones de militancia, la misma que le había robado ese preciado tiempo de literatura que ahora tanto añora. Aquel verano volvió también al trabajo de investigación, ahora con un manifiesto sobre la resistencia a la feroz dictadura, una carta abierta que denuncia el terror y aliviaba su abatimiento. Había elegido distribuirla cuando se cumpliera el aniversario del golpe.
“…sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles."
Toma su portafolio gris y llama a Lilia, le avisa que se apure por que van a perder el tren a Constitución. Hace calor, en los andenes la temperatura parece elevarse aún más. Cuando llegan, le da un beso para despedirla. Su compañera le encomienda que no olvide de regar a la noche el almácigo de lechuga que habían plantado. Sonrien. Se abrazan y se desean suerte. Cada uno sigue su camino, los dos tienen cinco cartas para repartir. El quiere entregar una en forma personal, a una compañera de militancia. Las demás serán depositadas en tres o cuatro buzones de la zona.
Había pasado ya la una del mediodía y ahora es Francisco Freyre quien cruza la calle Brasil. Llega a la esquina de San Juan y Sarandí, lo espera una mujer alta con anteojos que tenía un diario bajo el brazo. No se saludan, Freyre entrega una carpeta sin detener su marcha por la avenida. Su idea es tener otra entrevista a las tres de la tarde. Todavía le falta una hora para el próximo encuentro.
En la búsqueda de un teléfono público marcha hacia la esquina y escucha el ruido imponente de los frenos de un auto. Lo estuvieron observando un largo rato y en un principio no lo habían reconocido. Del coche salen tres personas que empiezan a correr para detenerlo. Freyre no duda. Todos los perseguidos saben que en algún momento estarán en esta situación, tener bien de cerca a esa muerte que tanto presagiaban. Las imágenes comienzan a sucederse velozmente: el angelical rostro de Vicky que reía sin parar mientras gatillaba una metralladora antes de morir, la naturalidad de Paco cuando cambió sus poemas por la pastilla de cianuro, todos los caidos en la lucha popular. Ese caudal de representaciones se detiene un instante. Freyre manotea su pequeña pistola, la misma que siempre guardaba en el pantalón y que Lilia le regaló algunos años antes para su seguridad. Intenta correr por entre los coches estacionados y dispara dos veces hiriendo a uno de sus perseguidores. El momento de recuerdos lo hizo inmune fugazmente. Aquellas figuras del drama volvieron obsesivas, perturbadoras. Ahora el descampado de José León Suarez es una calle céntrica repleta de ruidos y aquellos fusilados se transformaban en una sola persona.
La respuesta enemiga no tarda. Un grupo de la Marina lo encierra con un torbellino de disparos. El cuerpo desaparece de la escena con una rapidez asombrosa. Ningún testigo reconoce a Freyre ni a Rodolfo. Apenas un sobreviviente llegó a ver, tiempo después, el cuerpo en una camilla en la ESMA. Estaba irreconocible. Un sombrero, parecido al de un granjero, quedó en el piso algunos minutos. Nunca se supo de él.